Por: José Miguel Ansoleaga – Director de estrategias en REPLICA
La caída en el consumo de vino a nivel global no solo es una tendencia estadística, es una señal clara de que el modelo tradicional de producción y comercialización está perdiendo tracción frente a nuevas preferencias del mercado. En Chile, este fenómeno ha golpeado con fuerza a muchas viñas, especialmente aquellas que operan con estructuras tradicionales y con una propuesta de valor poco diferenciada. Pero lo que podría parecer una amenaza, bien puede ser la puerta de entrada a una transformación profunda de la industria. Y el camino para esa transformación tiene nombre y apellido: sostenibilidad.
Mientras el consumo decae en algunos mercados tradicionales, otros territorios han comenzado a demandar productos con valores adicionales. Países como Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca y el Reino Unido están experimentando un auge en consumidores que no solo buscan calidad, sino también compromiso ambiental, trazabilidad, ética empresarial y vínculos con comunidades locales. En estos mercados, las decisiones de compra están fuertemente influenciadas por sellos como la certificación orgánica, carbono neutral, comercio justo o certificaciones específicas como Sustainability Certified Wine.
El vino, por su naturaleza ligada al territorio y al clima, tiene una ventaja que pocas otras industrias pueden ofrecer: la posibilidad de contar una historia en cada botella. Y cuando esa historia está conectada con la protección del entorno, la regeneración del suelo, el uso responsable del agua o la eficiencia energética, la propuesta adquiere una potencia inigualable. Las viñas chilenas tienen hoy una oportunidad única de reposicionar su oferta desde la sostenibilidad, especialmente aquellas que se encuentran en territorios con una identidad fuerte como el Valle de Elqui, Colchagua, Cachapoal, Maule o Itata.
Algunas viñas internacionales ya han comenzado este camino con éxito. Bodegas de Nueva Zelanda, por ejemplo, han transformado su posicionamiento global gracias a sus estrictos estándares sostenibles y su narrativa coherente. Otras en Italia y Francia han recuperado mercados en declive apostando por certificaciones sostenibles y canales de comercialización que valoran lo ecológico y lo ético. El aprendizaje es claro: no basta con producir bien, hay que demostrar que se produce con responsabilidad.
El desafío para Chile no es menor, pero es posible. Requiere voluntad, asesoría estratégica y una visión de largo plazo. Implica medir las emisiones de carbono, mejorar la eficiencia energética, rediseñar procesos para reducir residuos, optimizar el uso hídrico, invertir en energías limpias y trabajar en comunidad. También implica contar esta historia con fuerza, con identidad y con autenticidad. En un mundo saturado de etiquetas, las viñas chilenas tienen que aprender a comunicar con claridad qué significa realmente ser sostenibles.
Si Chile logra posicionarse en este nuevo mapa del consumo responsable, no solo podrá sortear la actual crisis, sino que podrá liderar una nueva etapa del vino en el mundo. Una etapa donde no se premia al más barato, sino al más consciente. Donde la elegancia va de la mano de la ética. Y donde la sostenibilidad no es una moda, sino la raíz que sostiene todo el viñedo.
