Por: José Miguel Ansoleaga V. – Director de estrategias en REPLICA
A medida que el turismo sostenible se consolida como un estándar en la industria, una nueva corriente se abre paso: el turismo regenerativo. No se trata solo de minimizar el impacto ambiental o social, sino de dejar una huella positiva en los destinos visitados. Lugares que antes sufrían el desgaste de la actividad turística pueden hoy transformarse en ecosistemas restaurados y comunidades fortalecidas. Chile, con su diversidad geográfica y cultural, se presenta como un escenario idóneo para la implementación de este enfoque.
En Costa Rica, Cayuga Collection ha demostrado que los hoteles boutique pueden ser agentes de regeneración. Sus establecimientos no solo funcionan con energías renovables, sino que participan activamente en la restauración de ecosistemas y la integración de comunidades locales en su operación. Un modelo perfectamente replicable en la Patagonia chilena y en Chiloé, donde la hotelería de lujo podría complementarse con proyectos de reforestación y prácticas sostenibles que no solo minimicen el impacto ambiental, sino que también enriquezcan el entorno.
A unos pocos kilómetros de los exuberantes bosques tropicales, en la Península de Osa, La Cotinga ha dado un paso más allá al involucrar a los turistas en la regeneración de hábitats. Los visitantes no solo disfrutan del entorno, sino que también participan en la reforestación y en la restauración de suelos degradados. En el Valle de Colchagua, en Chile, esta práctica podría incorporarse a la experiencia en viñas boutique, permitiendo a los enoturistas plantar árboles, aprender sobre la agricultura biodinámica y contribuir a la conservación del paisaje vitivinícola.
El mar también ha encontrado su espacio en esta transformación. Kaikoura, en Nueva Zelanda, logró resurgir tras un terremoto mediante programas de restauración marina y ecoturismo. Algo similar podría aplicarse en la costa chilena, en lugares como Cachagua, Zapallar o Quintay, donde la pesca sustentable y la protección de la biodiversidad marina podrían fusionarse con un turismo que no solo observa, sino que regenera.
En España, el Clot de Galvany es un ejemplo de cómo un antiguo vertedero puede convertirse en un humedal restaurado, refugio de cientos de especies. La Región de Coquimbo, con su clima árido y la amenaza de desertificación, podría implementar iniciativas similares, recuperando humedales costeros y generando reservas naturales que favorezcan el equilibrio ecológico y fomenten el turismo responsable.
Y si de integración comunitaria se trata, Colombia ha encontrado un modelo inspirador en Yarumo Blanco, una asociación que impulsa el ecoturismo comunitario mediante recorridos guiados por habitantes locales y la restauración ambiental. En los valles de Curicó y Maule, esta iniciativa podría replicarse con las comunidades rurales que rodean las viñas, fortaleciendo la economía local y promoviendo experiencias turísticas que combinan cultura, conservación y regeneración.
Chile tiene el potencial para convertirse en un referente del turismo regenerativo. Desde sus viñas hasta sus hoteles boutique, cada proyecto puede apostar por un modelo donde el turismo no solo sea una fuente de ingresos, sino una herramienta de cambio positivo. La regeneración es más que una tendencia; es una forma de asegurar que los destinos turísticos sigan vivos y vibrantes para las generaciones futuras.
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